(fragmento de “Liderando la revolución” de Gary Hamel, enviado por AGB)
Soñar, crear, explorar, inventar, liderar o imaginar: ¿qué le sugieren estas palabras?
La era de la revolución no requiere de soldados diligentes, que se lancen en masa hacia el enemigo, sino guerrilleros altamente motivados y prácticamente autónomos. Así que ya basta de Dilbert, esa pequeña comadreja quejumbrosa. ¿Cuándo fue la última vez que saco la cabeza por encima de su jaula? ¿Cuándo fue la última vez que se echó para atrás? ¿Cuándo fue la última vez que luchó de verdad por una idea? Es un pobre hombre. Se merece lo que tiene.
EL NUEVO RÉGIMEN DE LA INNOVACIÓN
Desde 1900 hasta 1950, la gran ciencia no tuvo rival como mecanismo de creación de riqueza. Sus pasos fueron lentos y calculados: Prepara, prepara, prepara, prepara, apunta, apunta, apunta, dispara. Nos trajo el compact disc, el 747, los fármacos anticolesterol, la fibra óptica, las pilas recargables, el reconocimiento del habla, el kevlar, y mucho más.
En los años de la posguerra nació un segundo régimen de innovación –el que crearía y después alimentaría la sociedad de consumo. Sus héroes fueron Coca-Cola, Procter & Gamble, Unilever, Nestlé y Kellogg’s. Aunque estas empresas y sus competidores invirtieron en I+D, se dedicaron más a fabricar necesidades que a realizar descubrimientos científicos. En un mundo que ya no estaba delimitado por la capacidad, el objetivo era conseguir que los consumidores comprasen tu propia marca de jabón para lavar, de mantequilla o de refresco. Ahora era la gente del marketing en lugar de los científicos, quién innovaba. Tuvieron una inventiva incansable para contarnos las historias que nosotros queríamos que nos contasen. Miles de productos similares salían al mercado cada año, tan sólo diferenciándose por su marca.
El actual nuevo orden empresarial es el producto de un nuevo tipo de innovación muy distinto, que no se construye mediante el lento andar del conocimiento científico, ni la apresurada propaganda de de Madison Avenue, sino mediante los saltos cuánticos de la imaginación humana. Ahora la posición inicial es prácticamente irrelevante,- los innovadores siempre han solido empezar con los bolsillos vacíos-. Las escalas temporales del desarrollo se miden en semanas, no en años. Los consumidores son co-diseñadores, proporcionando feedback en tiempo real en un ciclo inacabable de experimento, adaptación, experimento, adaptación.
Dispara, dispara, dispara, dispara, apunta de nuevo, dispara, dispara, dispara; ya no hay tiempo para el “prepara”. La meta no es una patente o una nueva campaña publicitaria, sino un concepto empresarial radicalmente nuevo. Aquí los innovadores pueden ser tanto universitarios con MBA como exalumnos que abandonaron los estudios. Ya no son científicos ni directores de marketing; son empresarios –lo que Charles Handy definió como “los nuevos alquimistas”-, personas capaces de producir algo de la nada. Su lucha no es con la naturaleza, sino contra la hegemonía de las prácticas establecidas.